miércoles, 15 de noviembre de 2017

EL ROSARIO-UN VIAJE AL CORAZÒN DE MARIA.





Una respuesta al hermano protestante.

Bueno, el Rosario no se “usa” sino que se reza o se ora… o, más correctamente, se medita… fíjate, el Rosario es una oración cristocéntrica… esto quiere decir que Cristo es el centro de la oración pues en cada Misterio meditamos una parte de la vida de Jesucristo…

En los Misterios Gozosos meditamos la Anunciación del ángel a María y la Encarnación del Hijo de Dios (Lucas 1, 26-38); la Visitación de María a su prima Isabel (Lucas 1, 39-56); el Nacimiento del Hijo de Dios en el portal de Belén (Lucas 2, 1-20); la Presentación del Niño Jesús en el Templo y la Purificación de María (Lucas 2, 22-38); y el Niño Jesús perdido y hallado en el Templo (Lucas 2, 41-50)…

En los Misterios Luminosos meditamos sobre el Bautismo de Jesús en el Río Jordán (Mateo 3, 13-17; Marcos 1, 9-11; Lucas 3, 21-22); la Autorrevelación de Jesús en las bodas de Caná (Juan 2, 1-11); el Anuncio del Reino de Dios e invitación a la conversión (Mateo 4, 12-17; Marcos 1, 14-15; Lucas 4, 14-21); la Transfiguración de Cristo en el monte Tabor (Mateo 17, 1-8; Marcos 9, 2-8; Lucas 9, 28-36); y la institución de la Eucaristía (Mateo 26, 26-29; Marcos 14, 22-25; Lucas 22,19-20)…

En los Misterios Dolorosos contemplamos la Pasión comenzando por la Oración de Jesús en el Huerto (Mateo 26, 36-46; Marcos 14, 32-42; Lucas 22, 39-46); la Flagelación de Jesús (Juan 18, 36-40; 19, 1); la Coronación de espinas (Mateo 27, 27-30; Marcos 15, 16-19; Juan 19, 2-3); Jesús con la Cruz a cuestas camino al Calvario (Mateo, 27, 31-32; Marcos 15, 20-21; Lucas 23, 26-31; Juan 19, 14-22); y finalmente, la Crucifixión y Muerte de Jesucristo (Lucas 23, 33-34, 44-46; Juan 19, 25-37)…

En los Misterios Gloriosos meditamos sobre la Resurrección de Jesucristo (Mateo 28, 1-7; Marcos 16, 1-9; Lucas 24, 1-8; Juan 20, 1-9); su Ascensión al Cielo (Marcos 16, 19; Lucas 24, 50-51; Hechos 1, 9-11); la Venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles el día de Pentecostés (Hechos 2, 1-4); y en los últimos dos Misterios vemos en María la realización de la promesa de eternidad a la que están llamados todos los cristianos con la Asunción de la Virgen María al Cielo (Salmo 16, 8-11; 1Corintios 15, 20-22); y la Coronación de María como Reina y Señora de todo lo creado (Apocalipsis 12, 1; Lucas 1, 48-49)…

Las oraciones que repetimos al rezar el Rosario son el Padrenuestro, oración que nos enseñó Jesús (Mateo 6, 9-13; Lucas 11, 2-4)… el Avemaría, que se compone de dos partes, en la primera tenemos el anuncio del ángel y el saludo de Isabel (Lucas 1, 28 y 42); y en la segunda, nuestra súplica pidiéndole que interceda por nosotros ante su Hijo Jesucristo… a estas dos oraciones le añadimos el Gloria, que es una doxología donde alabamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo…

Viéndolo desde un punto de vista práctico podemos decir que rezar el Rosario es meditar sobre la vida de Jesús mirándola desde los ojos y el corazón de María… como sabes, Lucas dice que María “conservaba cuidadosamente todas esas cosas en su corazón”… pues el Rosario no es otra cosa que un viaje al corazón de María…

martes, 31 de octubre de 2017

El Niño Protestante que se enamoró de la Virgen María gracias a la Biblia




Un niño protestante de seis años a menudo había escuchado a sus compañeros católicos rezar el Avemaría. Le gustó tanto que la copió, la memorizó y la rezaba todos los días. “Mira, mamita, qué bonita oración,” le dijo a su madre un día. “No la digas nunca más,” respondió la madre. “Es una oración supersticiosa de los católicos que adoran ídolos y piensan que María es diosa. Después de todo, Ella es una mujer como cualquier otra. Vamos. toma esta Biblia y léela. Contiene todo lo que debemos de hacer.” A partir de ese día, el pequeño dejó de rezar su Avemaría diaria y dedicó más tiempo a leer la Biblia.

Un día, leyendo el Evangelio, vio el pasaje sobre la Anunciación del Ángel a la Virgen. Lleno de gozo, el chiquillo corrió a su madre y le dijo: “Mamita, encontré el Avemaría en la Biblia que dice: ‘Llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre las mujeres’. ¿Por qué la llamas una oración supersticiosa?” Ella no contestó. En otra ocasión, encontró la escena de la salutación de Isabel a la Virgen María y el hermoso cántico del Magnificat, en el que María anunció: ‘desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones’. Ya no le dijo nada a su madre y comenzó a rezar nuevamente el Avemaría cada día, como solía hacerlo. Sentía placer al decirle esas hermosas palabras a la Madre de Jesús, Nuestro Salvador.

Cuando cumplió catorce años, un día oyó que su familia discutía sobre Nuestra Señora. Todos dijeron que María era una mujer común y corriente. El niño, luego de oír sus razonamientos erróneos, no pudo soportarlo más y, lleno de indignación, los interrumpió diciendo: “María no es como cualquier otro hijo de Adán, manchado de pecado. ¡No! El Ángel la llamó LLENA DE GRACIA Y BENDITA ENTRE LAS MUJERES. María es la Madre de Jesús y en consecuencia, la Madre de Dios. No existe una dignidad más grande a la que pueda aspirar una criatura. El Evangelio dice que todas las generaciones la llamarán bienaventurada, mientras que ustedes tratan de despreciarla y hacerla menos. Su espíritu no es el espíritu del Evangelio ni de la Biblia que proclaman es el fundamento de la religión cristiana. Fue tan honda la impresión que causaron las palabras del chico en su madre, que muchas veces lloró desconsolada: “¡Oh, Dios, temo que este hijo mío se unirá un día a la religión católica, la religión de los Papas!” Y en efecto, poco tiempo después hijo se convenció que la religión católica era la única auténtica, la abrazó y se convirtió en uno de sus más ardientes apóstoles.

Unos años después de su conversión, el protagonista de nuestra historia se encontró con su hermana ya casada. Quiso saludarla y abrazarla, pero ella lo rechazó. y le dijo indignada: “Tú no tienes idea de cuánto amo yo a mis hijos. Si alguno quisiera hacerse católico, primero le enterraría una daga en su corazón que permitirle abrazar la religión de los Papas. Su ira y su temperamento eran tan furiosos como los de San Pablo antes de su conversión. Sin embargo, pronto cambiaría su manera de ser, tal como le ocurrió a San Pablo en su camino a Damasco. Sucedió que uno de sus hijos cayó gravemente enfermo. Los médicos no daban esperanzas para su recuperación. Tan pronto se enteró su hermano, la buscó en el hospital y le habló con cariño, diciéndole: “Querida hermana, tú naturalmente deseas que tu hijo se cure. Muy bien, pues entonces haz lo que te voy a pedir. Sígueme. Recemos juntos un Avemaría y prométele a Dios, que si tu hijo recobra la salud, estudiarás seriamente la doctrina católica. Y que en caso de que llegues a la conclusión que el Catolicismo es la única religión verdadera, tú la abrazarás sin importar los sacrificios que esto te implique.” Su hermana en principio se mostró reacia, pero como deseaba la recuperación de su hijo, aceptó la propuesta de su hermano y rezó con él un Avemaría. Al día siguiente, su hijo estaba completamente curado. La madre cumplió su promesa y se puso a estudiar la doctrina católica.

Después de una intensa preparación, ella recibió el Bautismo en la Iglesia Católica junto con toda su familia. Cuánto le agradeció a su hermano que hubiese sido un apóstol para ella. Esta historia la relató el Padre Francis Tuckwell en una de sus homilías. “Hermanos,” terminó diciendo, “el niño protestante que se hizo católico y convirtió´a su hermana al Catolicismo, dedicó´su vida entera al servicio de Dios. Él es el sacerdote que les habla”.

“¡Cuánto le debo a la Santísima Virgen, Nuestra Señora! También ustedes, mis queridos hermanos, dedíquense por completo a servir a Nuestra Señora y no dejen pasar un solo día sin decir la hermosa oración del Avemaría así como su rosario. Pídanle a Ella que ilumine la mente de los protestantes que están separados de la verdadera Iglesia de Cristo fundada sobre la Roca (Pedro) y contra la cual las puertas del infierno nunca prevalecerán.

Padre Francis Tuckwell

lunes, 30 de octubre de 2017

DISNEY HONRABA EN 1940 A LA VIRGEN MARÍA




Los minutos finales de Fantasía (1940), una de las películas más célebres en la historia del cine de animación y título emblemático de la factoría Disney, tiene su clímax en el canto del Ave María de Franz Schubert como símbolo del triunfo del bien sobre el mal, en pugna durante toda la obra y encarnado, justo antes de esta escena, en el demonio. Fue la toma más larga rodada hasta el momento en una película de dibujos, con algunas dificultades técnicas porque el lento paso de la procesión de candelarias exigía una mayor precisión en el dibujo de los fotogramas. Hasta el último momento se barajó la posibilidad de que una imagen de la Virgen María coronase la escena, y aunque la productora se inclinó por no hacerlo, ya es significativo que sea un canto a la Madre de Dios el símbolo final del Bien.



viernes, 27 de octubre de 2017

6 reglas de oro de una santa doctora de la Iglesia para cuidar la salud del corazón





La editorial Libros Libres publicó el libro “La salud del corazón y la circulación según Santa Hildegarda”, el cual es producto de 30 años de investigación en torno a las visiones de la mística nacida en Alemania y declarada Doctora de la Iglesia en 2012.

Las investigaciones fueron llevadas a cabo por el Dr. Wighard Strehlow en el Centro de Salud de Santa Hildegarda en Allensbach (Alemania) y en otros lugares del mundo revisando el trabajo de varios médicos y naturópatas.

Según la editorial, el libro nace como respuesta al uso desproporcionado de medicamentos químicos, que conllevan numerosos efectos secundarios como trastornos cardíacos y problemas en el sistema circulatorio. También apunta que el uso indiscriminado de químicos ha convertido en incurables algunas enfermedades.

Por tal motivo, la nueva publicación propone la base de la medicina de Santa Hildegarda a través de un sistema de vida basado en sus “seis reglas de oro":

1) Buscar los remedios naturales entre los tesoros de la creación
2) Alimentarse de manera que los alimentos sean medicinas
3) Practicar un sano equilibrio entre el trabajo y el descanso
4) Equilibrio entre el sueño y la vigilia
5) Limpieza del cuerpo y el sistema inmunitario
6) Limpieza y fortalecimiento del alma mediante el ayuno


Libros Libres explica que en un vasto estudio realizado entre 1963 y 1986 en una muestra de 2.032 pacientes cardíacos en Estados Unidos, se determinó “que en los pacientes sujetos a la toma del Nifedipin, el antagonista del calcio más recetado, aumentaba en un 60% el riesgo de sufrir un infarto de corazón respecto a los pacientes que no tomaban ese medicamento”.

Aseguró que “hoy en día las enfermedades del corazón están por delante del cáncer y del ictus en la lista de las causas de mortalidad más frecuente”.

“Solamente en Alemania el Sistema de Salud cuesta anualmente más de 300 millones de euros y en los últimos diez años esta cifra se ha duplicado”, agregó.

Según las visiones de Santa Hildegarda, “toda persona dispone de tres centros de fuerza que gestionan la curación: el centro del cuerpo, el centro del alma y de las emociones, y el centro del espíritu y la fe. Estos centros están interrelacionados y actúan conjuntamente”.

Libros Libres detalla que “cada perturbación o debilidad, si buscamos las causas reales y profundas, tienen su origen en uno de esos centros”.

“Santa Hildegarda nos describe medios poderosos para curar el cuerpo y que se encuentran en toda la creación: árboles, flores, hierbas y especias, en los animales e, incluso, en las piedras preciosas. A los remedios para el alma, la santa los llama virtudes, que son fuerzas positivas tales como la esperanza, la fe, la paciencia o el amor”, concluye.

Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179) fue una religiosa benedictina, mística, poetisa, música, científica, consejera de obispos y emperadores


Desde muy joven la religiosa tuvo visiones místicas que relató en tres libros (Scivias "Conoce los caminos").  Posteriormente sus revelaciones fueron declaradas auténticas por el Papa Eugenio III.

También escribió obras de medicina e historia natural y compuso al menos 74 piezas de música sacra. En sus libros hay intuiciones científicas que fueron comprobadas varios siglos después (la atracción entre las masas, la órbita terrestre alrededor del sol, la circulación sanguínea).

Fue abadesa del monasterio Dislbodenberg (Alemania) desde 1136. Hacia el 1147 fundó un monasterio en Bingen y más tarde otro en Eibingen, donde murió.

Para conseguir el libro ingrese al siguiente enlace: La editorial Libros Libres publicó el libro “La salud del corazón y la circulación según Santa Hildegarda”, el cual es producto de 30 años de investigación en torno a las visiones de la mística nacida en Alemania y declarada Doctora de la Iglesia en 2012.

Las investigaciones fueron llevadas a cabo por el Dr. Wighard Strehlow en el Centro de Salud de Santa Hildegarda en Allensbach (Alemania) y en otros lugares del mundo revisando el trabajo de varios médicos y naturópatas.

Según la editorial, el libro nace como respuesta al uso desproporcionado de medicamentos químicos, que conllevan numerosos efectos secundarios como trastornos cardíacos y problemas en el sistema circulatorio. También apunta que el uso indiscriminado de químicos ha convertido en incurables algunas enfermedades.

Por tal motivo, la nueva publicación propone la base de la medicina de Santa Hildegarda a través de un sistema de vida basado en sus “seis reglas de oro":

1) Buscar los remedios naturales entre los tesoros de la creación
2) Alimentarse de manera que los alimentos sean medicinas
3) Practicar un sano equilibrio entre el trabajo y el descanso
4) Equilibrio entre el sueño y la vigilia
5) Limpieza del cuerpo y el sistema inmunitario
6) Limpieza y fortalecimiento del alma mediante el ayuno


Libros Libres explica que en un vasto estudio realizado entre 1963 y 1986 en una muestra de 2.032 pacientes cardíacos en Estados Unidos, se determinó “que en los pacientes sujetos a la toma del Nifedipin, el antagonista del calcio más recetado, aumentaba en un 60% el riesgo de sufrir un infarto de corazón respecto a los pacientes que no tomaban ese medicamento”.

Aseguró que “hoy en día las enfermedades del corazón están por delante del cáncer y del ictus en la lista de las causas de mortalidad más frecuente”.

“Solamente en Alemania el Sistema de Salud cuesta anualmente más de 300 millones de euros y en los últimos diez años esta cifra se ha duplicado”, agregó.

Según las visiones de Santa Hildegarda, “toda persona dispone de tres centros de fuerza que gestionan la curación: el centro del cuerpo, el centro del alma y de las emociones, y el centro del espíritu y la fe. Estos centros están interrelacionados y actúan conjuntamente”.

Libros Libres detalla que “cada perturbación o debilidad, si buscamos las causas reales y profundas, tienen su origen en uno de esos centros”.

“Santa Hildegarda nos describe medios poderosos para curar el cuerpo y que se encuentran en toda la creación: árboles, flores, hierbas y especias, en los animales e, incluso, en las piedras preciosas. A los remedios para el alma, la santa los llama virtudes, que son fuerzas positivas tales como la esperanza, la fe, la paciencia o el amor”, concluye.

Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179) fue una religiosa benedictina, mística, poetisa, música, científica, consejera de obispos y emperadores


Desde muy joven la religiosa tuvo visiones místicas que relató en tres libros (Scivias "Conoce los caminos").  Posteriormente sus revelaciones fueron declaradas auténticas por el Papa Eugenio III.

También escribió obras de medicina e historia natural y compuso al menos 74 piezas de música sacra. En sus libros hay intuiciones científicas que fueron comprobadas varios siglos después (la atracción entre las masas, la órbita terrestre alrededor del sol, la circulación sanguínea).

Fue abadesa del monasterio Dislbodenberg (Alemania) desde 1136. Hacia el 1147 fundó un monasterio en Bingen y más tarde otro en Eibingen, donde murió.

Para conseguir el libro ingrese al siguiente enlace: http://bit.ly/2dDEYFD


jueves, 26 de octubre de 2017

10 sugerencias para que disfrutes celebrar a los Santos y te “olvides” de Halloween



En un artículo publicado por el SIAME la licenciada Alejandra María Sosa Elízaga, propone 10 sugerencias prácticas para festejar en familia, en grupo o con la comunidad parroquial la víspera de la Solemnidad de Todos los Santos el martes 31 octubre.

“Como cada año por estas fechas, comercios y calles se inundan de diablos, fantasmas, monstruos, calacas (calaveras), y demás parafernalia de ‘Halloween’, mucha gente lo toma como algo normal e incluso divertido, pero pensándolo bien, desde el punto de vista cristiano, ¿qué tiene de divertido disfrazar a los niños o decorar la casa con personajes que representan el mal, la tiniebla, lo opuesto a Aquél que es la Luz del mundo, enemigos del Señor en quién creemos?”, explica la autora en el artículo titulado “¡Celebremos a los santos, no a los espantos!”.

Además, añadió que la intención es organizar “un festejo sencillo, divertido, en el que estén presentes las dos cosas que más gustan del Halloween a los niños: disfrazarse y recibir dulces, pero dándoles un giro, para que no sea una fiesta pagana y mucho menos anti cristiana”.

Aquí 10 sugerencias prácticas para una buena celebración:

1. Disfraces de santos

Que todos, niños y adultos, vayan disfrazados de santos, y cada uno platique por qué eligió ese disfraz, qué es lo que le gusta de ese santo o santa.

2. Dulces con estampitas

A los niños que toquen a la puerta pidiendo dulces, no darles golosinas decoradas para Halloween, sino golosinas normales a las que se les dibujen caritas sonrientes con aureola, y regalar también estampitas de santos (se pueden mandar hacer fotocopiadas y recortadas, por ejemplo, de nuestro nuevo niño santo, San Joselito).

3. Realizar actividades por equipos

Dividir a los asistentes a la fiesta en equipos, darles material (papel crepé, de china, cuerdas, etc.) para que se diviertan elaborando un disfraz de santo para disfrazar a algún miembro del equipo, y que cada equipo explique por qué eligió ese santo, y cuente lo que sepa de su vida. Y a todos darles premio por su ingenio y esfuerzo.

4. Dibujar a los santos

Que chicos y grandes se entretengan haciendo e iluminando dibujos de sus santos favoritos, (no le hace que no les salgan perfectos), para pegarlos en la pared como exposición.

5. Tomar fotografías de los asistentes con “aureolas”

Recortar aureolas de papel y pegarlas en la pared a diferentes alturas, para que los asistentes se paren delante de la pared y se les tome foto y parezca que tienen aureola. Quedan muy simpáticas las fotos de todos convertidos en ‘santitos’.

6. Contar anécdotas e historias

Que cada uno de los asistentes se prepare con anticipación para contar alguna anécdota interesante, conmovedora o divertida de algún santo.

7. Festival de videos

Organizar un mini festival de videos de vidas de santos.

8. Frases de santos por toda la casa

Poner entre los avisos de la iglesia o en alguna pared de la casa, papeles con frases favoritas de diversos santos, sobre todo del santo patrono de esa iglesia particular.

9. Celebrar una Misa

Asistir juntos el día 1 de noviembre a la Misa de la Solemnidad de todos los Santos.

10. Leer el Catecismo

Leer lo que enseña el Catecismo de la Iglesia Católica acerca de los santos (entre los numerales del 956 al 957), y al final hacer una oración para pedir la intercesión de los santos, en especial de los patronos o favoritos de los asistentes.


Autor: Sistema Informativo de la Arquidiócesis de México

miércoles, 25 de octubre de 2017

La oración




“Nos hiciste Señor para ti e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti” (Sn. Agustín).

Descansar en el Señor, esa es la oración, y para eso nos ha hecho Dios: para estar en su presencia. Esta vez nos centraremos en los obstáculos que podemos tener para rezar, veremos algunos requisitos y lo que deberíamos evitar para hacer de la oración un auténtico diálogo de amor con el Señor.

Comenzando con los obstáculos es interesante percatar que la mayoría de las dificultades que tenemos para orar son cosas externas a la misma oración. El pecado es el mayor obstáculo porque ofende a Dios. Por experiencia vemos que cuando hablamos con un amigo que hemos ofendido, ese diálogo no será lo mismo. Otras dificultades pueden ser un corazón dividido, el estar desconcentrado, el acercarse a la oración con falta de pureza de intención (ejemplo, me acerco a rezar sólo cuando tengo exámenes o una dificultad especial). También está la superficialidad (obligar a Dios a hacer todo). Estos dos últimos puntos no nos hablan de amor (“la oración es tratar de amor con quien nos ama” — Sta. Teresa), me acerco al otro sólo porque me puede dar algo y eso no es amor, es usar al otro. También puede influir el cansancio, la falta de generosidad (el no entregarse a Dios como Él quiere) y por qué no, la falta de experiencia también puede ser una dificultad, pues al inicio, como todo, no se sabe cómo comenzar o qué hacer, o simplemente, uno entra con cierta inseguridad. Todo esto nos puede ayudar para reflexionar y ver cómo está nuestra oración y qué dificultades encontramos con el fin de ir mejorando en nuestro diálogo de amor con Dios.

Sobre los requisitos que quería tratar presento primero la humildad. Sólo el corazón humilde se abandona en las manos de Dios y purifica su corazón. El que cree que sin Dios todo lo puede, estará muy lejos de hacer oración. No podemos olvidar quiénes somos. Dios es nuestro creador y nosotros sus creaturas. Nos ama mucho, le amamos, no es una relación simplemente de jefe y empleado: “No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo. Los llamo mis amigos, porque les he dado a conocer todo lo que mi Padre me ha dicho.” (Jn 15,15), pero no dejamos de ser sus creaturas. También es bueno leer unos minutos al día los Evangelios y un libro de vida espiritual. Esto nos ayuda a estar en sintonía y a tener momentos de reflexión durante el día. De lo contrario, podemos rezar por la mañana, pero con el activismo diario, podemos pasar todo un día sin pensar en Dios. También es recomendable llevar la Biblia para rezar buscando un diálogo en la oración, es decir, no ir sólo para desahogarse o para pensar o reflexionar simplemente, sino para preguntarme ¿qué quiere Dios de mí? Es el Señor el que nos da respuestas. Y por último es muy importante la paciencia y la perseverancia. La oración es un ejercicio que debe ser practicado para que salga bien. Esto implica esfuerzo y trabajo, así como un jugador de fútbol entrena todos los días para rendir mejor en la cancha.

Autor: P. Sebastián Rodríguez, LC | Fuente: elblogdelafe.com

martes, 24 de octubre de 2017

¿Para quién serán todos tus bienes?




San Juan de Capistrano
Romanos 4, 19-25: “Está escrito también para nosotros, a quienes se nos acreditará, si creemos en nuestro Señor Jesucristo”
Lucas 1: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel”
San Lucas 12, 13-21: “¿Para quién serán todos tus bienes?”


Hoy toca el Evangelio uno de los puntos neurálgicos de la vida humana: la avidez de la riqueza. El Papa Francisco comentando este mismo texto en días pasados, afirmaba que la ambición de las riquezas ha causado graves daños a la relación humana. Y criticaba a quienes, en medio de una crisis económica que hunde a los países pobres en más miseria y corrupción, se dicen preocupados por la situación pero desde una cómoda situación de seguridad y ventajas. El problema se torna cada día más grave pues en lugar de disminuir las deudas o aumentar el empleo, se hace la situación más angustiante. Ya también nos decían los obispos mexicanos que: “La desigualdad es el desafío más importante que enfrenta el país. La pobreza sigue siendo el principal problema que vulnera a la mayoría de los mexicanos y mexicanas.



Según datos oficiales, que miden la pobreza en relación con el ingreso, la mitad de la población de nuestro país vive en situación de pobreza. 44 millones de personas viven en pobreza en México, y de ellas, 24 millones la padecen en su forma extrema. La pobreza priva a las personas de las condiciones de vida que les aseguren su derecho a una alimentación adecuada y a la satisfacción de las necesidades básicas. Atender su situación se plantea como una urgencia moralmente inaplazable, pues hablamos de derechos sociales básicos sin los cuales no se garantiza el derecho a una vida humana”

Y hoy Cristo nos dice cuál es la raíz de todos esos problemas: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”.  Con el ejemplo de un hombre que acumuló y hacía planes para el futuro cuando estaba a punto de terminar su vida, Cristo nos hace ver que la riqueza se queda en este mundo y que no se logra nada con ella para la vida eterna. Nos exhorta a no amontonar riquezas, sino a hacernos ricos delante de Dios. Nosotros hoy podemos mirar nuestro corazón y ver si lo tenemos libre de la ambición. Claro que es muy fácil decir que somos generosos y que estamos libres de ese pecado, pero examinémonos y veamos qué cosas concretas estamos haciendo para compartir en estos momentos.


Autor: Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato | Catholic.net

lunes, 23 de octubre de 2017

3 poderosos sacramentales para tener en casa



El uso de los sacramentales es una de las prácticas más malinterpretadas de la Iglesia católica. Son parte de la vida de la Iglesia desde los primeros tiempos, pero por lo general son vistos como una especie de superstición.

El motivo está, en gran medida, en el hecho de que muchos católicos a lo largo de los siglos han empleado los sacramentales de forma supersticiosa, ya que no habían aprendido a usarlos como es debido. En vez de utilizarlos con fe, algunos católicos los empleaban como amuletos mágicos más que como instrumentos de gracia.

Lo cual es una pena, ya que la función de los sacramentales es enriquecer nuestras vidas espirituales, no menoscabarlas. Han sido instituidos por la Iglesia para acercarnos a una relación más profunda con Cristo y están centrados en santificar todos los ámbitos de nuestras vidas. Los sacramentales son extensiones de los siete sacramentos y traen la gracia de Dios a todo lo que hacemos.

Un lugar donde los sacramentales son especialmente poderosos es el hogar. Si se usan con espíritu de fe, los sacramentales pueden protegernos del daño espiritual o inspirarnos para vivir una vida santa dedicada a Dios.

A continuación tienen tres de esos sacramentales que, si se usan adecuadamente, pueden ofrecer un estímulo espiritual al hogar, además de mantener a raya a los enemigos espirituales que acechan en las sombras.

Agua bendita:

El agua bendita tiene un doble significado: nos recuerda nuestro bautismo y también es un símbolo de purificación espiritual.

Se dice que el agua bendita tiene un gran poder contra el diablo, ya que el diablo no puede soportar esta agua “limpia” porque él es impuro para toda la eternidad. Es un recordatorio del agua que manó del costado de Cristo, que es un símbolo del bautismo, y nos trae a la mente el día de la derrota del diablo (la crucifixión de Cristo).

Es una costumbre antigua tener ‘pilas’ o ‘fuentes’ de agua bendita en las paredes de una casa. Son cálices simples o elaborados que contienen agua bendita que puede usarse para bendecirse uno mismo durante el día. Es especialmente útil disponerlas junto a las puertas para salir de la casa y en los dormitorios de los familiares. De esa manera, nos mantenemos siempre fijos en Cristo y nos recordamos que hemos de permanecer puros. También nos facilita el tener el agua bendita a mano cuando es necesario repeler cualquier influencia del Maligno.

Sal bendita:

Si es posible, también es bueno tener un pequeño recipiente de sal bendita en casa. Tendrías que pedírselo específicamente a tu párroco para que te lo suministrara y lo más probable es que el sacerdote no esté familiarizado con ello. Es un sacramental que a menudo se descuida y no es costumbre usarlo en las parroquias.

Sin embargo, es un arma poderosa contra el mal, como puede verse en el siguiente fragmento de una bendición dicha por un sacerdote en el Ritual Romano:

Te suplicamos, Dios todopoderoso, que bendigas (+) en tu bondad esta sal creada por ti. Tú mandaste al profeta Eliseo arrojarla en el agua estéril para hacerla fecunda. Concédenos, Señor, que al recibir la aspersión de esta agua mezclada con sal nos veamos libres de los ataques del enemigo, y la presencia del Espíritu Santo nos proteja siempre. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Crucifijo:

Otro sacramental muy poderoso es el que más comúnmente encontramos en los hogares: el crucifijo. El crucifijo no solo nos recuerda el gran amor de Dios hacia nosotros, sino que también tiene un poderoso efecto disuasorio contra los enemigos espirituales. El crucifijo es el flagelo de la existencia de Satán y es el signo de todo lo que desprecia.

Es beneficioso tener un crucifijo en cada habitación de la casa (o apartamento), de modo que puedas meditar frecuentemente sobre el gran sacrificio de amor de Jesús, además de tener una imagen que te recuerde mantener el centro durante los momentos de tentación.

Aquí hay dos oraciones de bendición de un crucifijo en el Ritual romano que resumen todas las razones por las que necesitamos los crucifijos en nuestros hogares:

Oh Dios Santo, Padre todopoderoso, Dios eterno, bendice esta cruz para que pueda ser de ayuda para salvar a la humanidad. Permítele ser de apoyo para la fe, un estímulo para las buenas obras, redención de las almas, consuelo, protección y escudo de los crueles dardos del enemigo. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Señor Jesucristo, bendice esta cruz por la cual arrebataste al mundo de las garras del enemigo y por la cual venciste mediante tu sufrimiento al pecado, quien se regocijó en la caída del primer hombre al comer el fruto del árbol prohibido. [El sacerdote rocía agua bendiga sobre la cruz]. Santifica esta cruz en el nombre del Padre, (+) del Hijo (+) y del Espíritu (+) Santo y que todos se arrodillen y oren ante ella en honor al Señor para tener salud de cuerpo y alma. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Autor: Philip Kosloski de Alteia

domingo, 30 de julio de 2017

Los 15 beneficios prometidos por la Virgen a quien reza el Rosario




Las quince promesas de la Virgen a quien reza el Rosario. Las recoge el padre Livio Fanzaga con Saverio Gaeta en “Il Santo Rosario. La preghiera che Maria desidera” (El Santo Rosario. La oración que María desea, Sugarco edizioni)
El codificador más importante del Rosario fue el monje dominico Alan de la Roche, que murió en 1475 y está considerado el apóstol de la devoción por el Rosario en varios países de Europa. En sus memorias, Alan narra que recibió directamente de la Virgen quince promesas válidas para todos los devotos del santo Rosario, aún hoy de gran actualidad y que manifiestan la intensidad del amor que la Virgen siente por todos nosotros.
Primera promesa
“A todos los que recen devotamente mi Rosario, prometo mi especial protección”.
Es una garantía que la Virgen ha repetido muchas veces, y que recuerda la antigua oración Sub tuum praesidium (Bajo tu amparo nos acogemos).
Segunda promesa
“El que persevere en el rezo de mi Rosario recibirá gracias poderosísimas”.
Tercera promesa
“El Rosario es un arma poderosa contra el infierno: destruirá los vicios, librará del pecado y abatirá las herejías”.
Se trata de una promesa muy particular: aunque no se nombra a satanás, se habla de la lucha contra el infierno.
Cuarta promesa
“El Rosario hará florecer de nuevo las virtudes y las obras buenas, y obtendrá a las almas la más abundante misericordia de Dios”.
Esto nos impulsa a comprender que el Rosario rezado con Maria hace florecer en nosotros la vida y la imagen de la Virgen.
Quinta promesa
“El que confíe en mí rezando el Rosario no será oprimido por las adversidades”.
Satanás por una parte nos persigue y por la otra nos seduce, utilizando siempre su arma más insidiosa que es el desánimo. María se pone a nuestro lado y nos asegura que el que reza el Rosario encontrará siempre cerca su corazón maternal, dispuesto a sostenernos y a ayudarnos.
Sexta promesa
“Quien rece el Rosario meditando sus misterios no será castigado por la justicia de Dios: se convertirá si es pecador, crecerá en gracia si es justo y será hecho digno de la vida eterna”.
Con estas palabras se subraya que el Rosario traza una vía de santidad porque, rezado con María, hace que seamos guiados por ella. La Virgen ilumina el camino.
Séptima promesa
“Los devotos de mi Rosario, en la hora de la muerte, no morirán sin sacramentos”.
Viene a la mente una página de san Alfonso María de Ligorio, en su obra de arte, “Las glorias de María“, donde se dice que en el momento de la muerte, cuando los demonios se coaligan en el intento de llevar el alma a la desesperación, la Virgen debe ser invocada en la oración.
Octava promesa
“Los que rezan mi Rosario encontrarán, durante la vida y en la hora de la muerte, la luz de Dios y la plenitud de sus gracias, y participarán de los méritos de los beatos en el paraíso”.
Novena promesa
“Cada día libraré del purgatorio a las almas devotas de mi  Rosario”.
Por varias revelaciones privadas, en las que la Virgen se presenta como Reina del purgatorio y Reina de las almas purgantes, sabemos que la Virgen ha obtenido de Dios gracias especiales al respecto.
Décima promesa
“Los verdaderos hijos de mi Rosario gozarán de una gran gloria en el cielo”.
¿De qué gloria está hablando María? De la gloria de la que está revestida ella misma, haciendo reflejar en ellos su propia imagen, su propio fulgor.
Undécima promesa
“Todo lo que se pida mediante el Rosario será obtenido”.
Es la promesa de la intercesión más plena, que comprende en particular la gracia de la conversión.
Duodécima promesa
“Los que propaguen mi Rosario serán socorridos por mi en cada una de sus necesidades”.
Una referencia que podría referirse por ejemplo a los misioneros y misioneras que se empeñan de varias formas para difundir esta devoción, creando confraternidades, animando grupos de oración, difundiendo los rosarios.
Décimo tercera promesa
“He obtenido de mi Hijo que todos los devotos del Rosario tengan como hermanos en la vida y en la hora de la muerte a los santos del cielo”.
María, lo sabemos, es la Reina de todos los santos, y en el momento de la muerte, ella misma viene con todos los santos para hacernos partícipes de su comunión.
Décimo cuarta promesa
“Los que reciten mi Rosario fielmente serán todos hijos míos amadísimos, hermanos y hermanas de Jesús”.
Rezando el santo Rosario nos profesamos hijos de María. Por ello ella se manifestará a nosotros como Madre y así tendremos un lugar especial en su corazón maternal y bajo su manto.
Décimo quinta promesa
“La devoción a mi Rosario es un gran signo de predestinación”.
Ninguno de nosotros está seguro de ir al paraíso o al purgatorio, aunque obviamente todos esperamos no ir al infierno.

Este es el contenido de las revelaciones al monje dominico Alan de la Roche

jueves, 22 de junio de 2017

ESTA TOTALMENTE EQUIVOCADO SEÑOR...

Un hombre de unos 75 años viajaba en tren y aprovechaba el tiempo leyendo un libro...
A su lado, viajaba un joven universitario que también leía un voluminoso libro de Ciencias...

De repente, el joven percibe que el libro que va leyendo el anciano es una Biblia y sin mucha ceremonia, le pregunta:

¿Usted todavía cree en ese libro lleno de fábulas y de cuentos?

-Sí por supuesto, le respondió el viejo, pero éste no es un libro de cuentos ni de fabulas, es la Palabra de Dios...
¿Ud. cree que estoy equivocado?

Claro que está equivocado...
Creo que Usted señor, debería dedicarse a estudiar Ciencias e Historia Universal...
Vería como la Revolución Francesa, ocurrida hace más de 100 años, mostró la miopía, la estupidez y las mentiras de la religión...

Sólo personas sin cultura o fanáticas, todavía creen en esas tonterías...

Usted señor debería conocer un poco más lo que dicen los Científicos de esas cosas...

- Y dígame joven,

¿es eso lo que nuestros científicos dicen sobre la Biblia?

- Mire, como voy a bajar en la próxima estación, no tengo tiempo de explicarle, pero déjeme su tarjeta con su dirección, para que le pueda mandar algún material científico por correo, así se ilustra un poco, sobre los temas que realmente importan al mundo...

El anciano entonces, con mucha paciencia, abrió cuidadosamente el bolsillo de su abrigo y le dió su tarjeta al joven universitario...

Cuando el joven leyó lo que allí decía, salió con la cabeza baja y la mirada perdida sintiéndose peor que una amiba...

En la tarjeta decía:

Profesor Doctor Louis Pasteur,
Director General Instituto Nacional Investigaciones Científicas
Universidad Nacional de Francia.

(Hecho verídico ocurrido en 1892)

"Un poco de Ciencia nos aparta de Dios. Mucha, nos aproxima".
Dr. Louis Pasteur

domingo, 18 de junio de 2017

¿Por qué ver separada esta vida de la pasada, si una proviene de la anterior?



¿Por qué ver separada esta vida de la pasada, si una proviene de la anterior?

El tiempo siempre es escaso para quienes lo necesitan, pero para los que aman, dura para siempre; y así, mis eternidades han estado llenas de pequeñas cosas, pequeños detalles, que al final, sólo han sido para ti.

En un cuarto tan vacío, con mi mente tan habitada por ti, — ¿dónde estás? — preguntó mi suspiro.

sábado, 3 de junio de 2017

5 cosas que todo católico debe saber sobre el Espíritu Santo



Pentecostés es el día en que los cristianos recuerdan cuando Jesús, después de su Ascensión al cielo, envió al Espíritu Santo a sus discípulos. Posteriormente los apóstoles salieron a las calles de Jerusalén y comenzaron a predicar el Evangelio, y "los que acogieron su Palabra fueron bautizados. Aquel día se les unieron unas 3.000 almas." (Hechos 2:41)

 En la siguiente nota se presentan algunos puntos para entender quién es el Espíritu Santo.

 1) El Espíritu Santo es una persona

 El Espíritu Santo no es una "cosa" o un "qué", el Espíritu Santo es un "Él" y un "quién". Él es la tercera persona de la Santísima Trinidad, aunque pueda parecer más misterioso que el Padre y el Hijo, es tan persona como ellos.

 2) Es completamente Dios

 Que el Espíritu Santo sea la "tercera persona de la Trinidad" no significa que sea inferior que el Padre o el Hijo. Las tres personas, incluyendo el Espíritu Santo, son totalmente Dios y “tienen una sola divinidad, gloria igual y coeterna majestad”, como dice el Credo de Atanasio.

 3) Siempre ha existido, incluso en los tiempos del Antiguo Testamento

 Aunque aprendemos la mayoría de cosas sobre Dios-Espíritu Santo (así como de Dios-Hijo) en el Nuevo Testamento, Éste siempre ha existido. Dios existe eternamente en tres personas. Así que, cuando lea acerca de Dios en el Antiguo Testamento, recuerde que se trata de las tres personas de la Trinidad, entre ellos el Espíritu Santo.

 4) En el Bautismo y la Confirmación se recibe el Espíritu Santo

 El Espíritu Santo puede estar activo en el mundo de formas misteriosas y que no siempre se comprenden. Sin embargo, una persona recibe el Espíritu Santo de una manera especial por primera vez en el Bautismo (Hechos 2:38), y luego es fortalecido en sus dones en la Confirmación.

 5) Los cristianos son templos del Espíritu Santo

 Los cristianos tienen al Espíritu Santo que habita en ellos de una manera especial, y por lo tanto, existen graves consecuencias morales, como explica San Pablo:

 “Huyan de las relaciones sexuales prohibidas. Cualquier otro pecado que alguien cometa queda fuera de su cuerpo, pero el que tiene esas relaciones sexuales peca contra su propio cuerpo ¿No saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que han recibido de Dios y que está en ustedes? Ya no se pertenecen a sí mismos. Ustedes han sido comprados a un precio muy alto; procuren, pues, que sus cuerpos sirvan a la gloria de Dios”. (1 Cor 6:18-20)

 Traducido y adaptado por Diego López Marina. Publicado originalmente en ChurchPop.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Llevo tu corazón



Llevo tu corazón conmigo, lo llevo en mi corazón.


Nunca estoy sin él, donde quiera que voy,

vas tú, amado mío,

y lo que sea que yo haga, es tu obra.


No temo al destino,

ya que tú eres mi destino.


No quiero ningún mundo,

porque tú eres mi mundo, mi certeza.


Y eso es lo que eres tú.

Lo que sea que una luna siempre pretendió,


lo que sea que un sol quiera ser.

Este es el secreto más profundo que nadie conoce.


Esta es la raíz de la raíz,

el brote del brote,


el cielo del cielo,

de un árbol llamado vida,


que crece más alto de lo que el alma puede esperar

o la mente ocultar.


Es la maravilla que mantiene a las estrellas separadas.

Llevo tu corazón. Lo llevo en mi corazón.

Autor: Edward Estlin Cummings


domingo, 30 de abril de 2017

Cuatro ángeles


Cuatro ángeles
tienen mi cama.
Cuatro ángeles
que me la guardan.

Cuatro ángeles
mi mesa tiene.
Cuatro ángeles
que la abastecen.

Cuatro ángeles
tiene mi arado.
cuatro ángeles
para el trabajo.

Cuatro ángeles
el carro que me lleva.
Cuatro ángeles
hacen mover sus ruedas.

Pero un solo ángel
tiene mi espíritu,
un solo ángel
(el más amigo)

sábado, 28 de enero de 2017

Pecados mortales, veniales y de omisión

Pecado mortal y pecado venial. Juan Pablo II, en la exhortación apostólica Reconciliatio et pænitentia (1984, 17), expone los fundamentos bíblicos y doctrinales de la distinción real entre pecados mortales, que llevan a la muerte (1Jn 5,16; Rm 1,32), pues quienes persisten en ellos no poseerán el reino de Dios (1Cor 6,10; Gal 5,21), y pecados veniales, leves o cotidianos (Sant 3,2), que ofenden a Dios, pero que no cortan la relación de amistad con Él. Ésta es, en efecto, la doctrina tradicional, que Santo Tomás enseña (STh I-II,72,5), como también el concilio de Trento (Dz 1573, 1575, 1577).

–El pecado mortal es una ofensa a Dios tan terrible, y trae consigo unas consecuencias tan espantosas, que no puede producirse sin que se den estas tres condiciones: –materia grave, o al menos apreciada subjetivamente como tal; –plena advertencia, es decir, conocimiento suficiente de la malicia del acto; y –pleno consentimiento de la voluntad. Un solo acto, si reune tales condiciones, puede verdaderamente separar de Dios, es decir, puede causar la muerte del alma. En este sentido, dice Juan Pablo II, se debe «evitar reducir el pecado mortal a un acto de “opción fundamental” contra Dios –como hoy se suele decir–, entendiendo con ello un desprecio explícito y formal de Dios o del prójimo» (Reconciliatio 17).

La maldad del pecado mortal consiste en que rechaza un gran don de Dios, una gracia que era necesaria para la vida sobrenatural. Mata, por tanto, ésta; separa al hombre de Dios, de su amistad vivificante; desvía gravemente al hombre de su fin verdadero, Dios, orientándolo hacia bienes creados. En este último sentido ha de entenderse la expresión «actos desordenados», que hoy –desafortunadamente– vienen a ser un eufemismo frecuente para evitar la palabra «pecado».

–Padre nuestro, perdona nuestras ofensas.

–Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

Pecado mortal y pecado venial. Juan Pablo II, en la exhortación apostólica Reconciliatio et pænitentia (1984, 17), expone los fundamentos bíblicos y doctrinales de la distinción real entre pecados mortales, que llevan a la muerte (1Jn 5,16; Rm 1,32), pues quienes persisten en ellos no poseerán el reino de Dios (1Cor 6,10; Gal 5,21), y pecados veniales, leves o cotidianos (Sant 3,2), que ofenden a Dios, pero que no cortan la relación de amistad con Él. Ésta es, en efecto, la doctrina tradicional, que Santo Tomás enseña (STh I-II,72,5), como también el concilio de Trento (Dz 1573, 1575, 1577).

–El pecado mortal es una ofensa a Dios tan terrible, y trae consigo unas consecuencias tan espantosas, que no puede producirse sin que se den estas tres condiciones: –materia grave, o al menos apreciada subjetivamente como tal; –plena advertencia, es decir, conocimiento suficiente de la malicia del acto; y –pleno consentimiento de la voluntad. Un solo acto, si reune tales condiciones, puede verdaderamente separar de Dios, es decir, puede causar la muerte del alma. En este sentido, dice Juan Pablo II, se debe «evitar reducir el pecado mortal a un acto de “opción fundamental” contra Dios –como hoy se suele decir–, entendiendo con ello un desprecio explícito y formal de Dios o del prójimo» (Reconciliatio 17).

La maldad del pecado mortal consiste en que rechaza un gran don de Dios, una gracia que era necesaria para la vida sobrenatural. Mata, por tanto, ésta; separa al hombre de Dios, de su amistad vivificante; desvía gravemente al hombre de su fin verdadero, Dios, orientándolo hacia bienes creados. En este último sentido ha de entenderse la expresión «actos desordenados», que hoy –desafortunadamente– vienen a ser un eufemismo frecuente para evitar la palabra «pecado».

–El pecado venial rechaza un don menor de Dios, algo no imprescindible para mantenerse en vida sobrenatural. No produce la muerte del alma, sino enfermedad y debilitamiento; no separa al hombre de Dios completamente; no excluye de su gracia y amistad (Trento 1551, Errores Bayo 1567: Dz 1680, 1920); no desvía al hombre totalmente de su fin, sino que implica un culpable desvío en el camino hacia él. Un pecado puede ser venial (de venia, perdón, venial, perdonable) por la misma levedad de la materia, o bien por la imperfección del acto, cuando la advertencia o la deliberación no fueron perfectos.

No siempre el pecado venial es sinónimo de pecado leve, apenas culpable, sin mayor importancia. Conviene saber esto y recordarlo. Así como la enfermedad admite una amplia gama de diversas gravedades, teniendo al límite la muerte, de modo semejante el pecado venial puede ser leve o grave, casi mortal. Imaginen este diálogo: –¿Esa enfermedad es mortal? –No, gracias a Dios. –Bueno, entonces es leve. –No, es bastante o muy grave, y si no se sana a tiempo, puede llegar a ser una enfermedad mortal.

Juan Pablo II, en el lugar citado, recuerda que «el pecado grave se identifica prácticamente, en la doctrina y en la acción pastoral de la Iglesia, con el pecado mortal». Sin embargo, ya se comprende que también el pecado venial puede tener modalidades realmente graves. Cayetano usa la calificación de «gravia peccata venialia», y Francisco de Vitoria, con otros, usa expresiones equivalentes (M. Sánchez, Sobre la división del pecado, «Studium» 1974, 120-123). Pero, como es lógico, son particularmente los santos, quienes más aman a a Dios, los que más insisten en la posible gravedad de ciertos pecados veniales.

Así Santa Teresa: «Pecado por chico que sea, que se entiende muy de advertencia que se hace, Dios nos libre de él. Yo no sé cómo tenemos tanto atrevimiento como es ir contra un tan gran Señor, aunque sea en muy poca cosa, cuanto más que no hay poco siendo contra una tan gran Majestad, viendo que nos está mirando. Que esto me parece a mí que es pecado sobrepensado, como quien dijera: “Señor, aunque os pese, haré esto; que ya veo que lo véis y sé que no lo queréis y lo entiendo, pero quiero yo más seguir mi antojo que vuestra voluntad”. Y que en cosa de esta suerte hay poco, a mí no me lo parece, sino mucho y muy mucho» (Camino Perf. 71,3). La reincidencia desvergonzada agrava aún más la culpa: «que si ponemos un arbolillo y cada día le regamos, se hará tan grande que para arrancarle después es menester pala y azadón; así me parece es hacer cada día una falta –por pequeña que sea– si no nos enmendamos de ella» (Medit. Cantares 2,20).

* * *

–Imperfecciones. Por otra parte, grandes autores nos hablan de las imperfecciones, junto a los pecados mortales y veniales (San Juan de la Cruz, 1 Subida 9,7; 11,2). La imperfección suele definirse como «la deliberada omisión de un bien mejor». Pudiendo hacer un bien mayor, se elige hacer un bien menor… ¿Realmente es pecado? Otros piensan que, más bien, la imperfección es una obra buena, pero no perfecta. Otros –y yo con ellos– estimamos que es simplemente un pecado venial, aunque sea muy leve.

No creemos que existan actos humanos moralmente indiferentes (decimos actos humanos, por tanto conscientes y deliberados). Podrá haber actos del hombre (andar, comer, escribir) indiferentes por su especie, es decir, considerados en abstracto. Pero considerados en concreto, en la acción individual, tales actos serán buenos o malos, según la moralidad derivada de las circunstancias y del fin del agente (STh I-II,18,9). Ahora bien, si no hay actos morales indiferentes, no hay imperfecciones: los actos humanos o son buenos o son malos –venial o mortalmente pecaminosos–. Así pues, «la imperfección moral es pecado venial» (B. Zomparelli, imperfection morale, Dict. de Spiritualité, París 1970, 1625-1630).

Dejemos a un lado en esto si tal cosa es de precepto o consejo, si es un bien en sí mayor o menor, etc., y veamos la cuestión sencillamente. Siempre que el hombre rechaza la íntima moción de la gracia de Dios, peca –venial o mortalmente–; trátese de precepto o consejo, bien mayor o menor. Si, por ejemplo, una persona tiene conciencia moral cierta de que Dios quiere darle su gracia para que vaya a misa diariamente, si no va y se aplica a otra obra buena (trabajar, estudiar, lo que sea), no incurre simplemente en una imperfección, sino en un pecado venial –pues el don rechazado no es vital, sino sólo conveniente y precioso–. Y ya sabemos, por supuesto, que no hay precepto que mande participar diariamente en la Misa.

* * *

–Evaluación subjetiva del pecado concreto

La división teórica de la gravedad de los distintos pecados es relativamente sencilla. Pero a la hora de evaluar en concreto la gravedad de ciertos pecados cometidos, surgen a veces en las conciencias problemas no pequeños. Señalemos, pues, algunos criterios en orden al discernimiento.

1.–Aunque somos personas humanas, hacemos pocos «actos humanos», si entendemos por éstos los que proceden de razón y libertad  (ST I-II, 1,1; ib. ad 3m). Los hombres espirituales tienen una vida muy consciente y deliberada, pero son pocos. La mayoría de los hombres son carnales, y el sector consciente y libre de sus vidas es bastante reducido. Obran muchas veces movidos por su costumbre, por la moda, por las circunstancias, por lo que le apetece, por lo que le piden. En gran medida, pues, «no saben lo que hacen» (Lc 23,34; cf. Rm 7,15). Más aún, los que pecan mucho ponen sus almas tan oscuras, que acaban confundiendo vicio y virtud, mal y bien. Todos, más o menos, sufrimos estas oscuridades, y todos hemos de decir ante el Señor: «¿Quién conoce sus faltas? Absuélveme de lo que se me oculta» (Sal 18,13).

Ahora bien, si en aquello que en nuestra conciencia hay de consciente y libre nos empeñamos sinceramente en no ofender a Dios, llegaremos a no ofenderle tampoco en aquellas cosas de las que hoy todavía apenas somos conscientes. Es decir, la reducción de los pecados formales, amplía e ilumina cada vez más nuestra conciencia, y nos va librando incluso de aquellos que llamamos pecados materiales, que no son realmente culpables, por faltar en ellos el conocimiento o la voluntariedad. Por el contrario, en los cristianos plenamente crecidos en la gracia casi todos los actos son humanos, pues en ellos la voluntad obra según la razón y según «la fe operante por la caridad» (Gal 5,6).

2.–La gravedad o levedad de un pecado concreto ha de ser juzgada según el pensamiento de la fe, esto es, a la luz de la sagrada Escritura y de la enseñanza de la Iglesia; y no según el temperamento personal o el ambiente en que se vive. De otro modo, los errores en la evaluación pueden ser enormes.

Las personas juzgan frecuentemente la gravedad de un pecado según su temperamento y modo de ser. Tal caballero antiguo no hace casi problema de conciencia si mata a otro en un duelo de pura vanidad; pero si dijera una mentira grave sentiría terriblemente manchado su honor y su conciencia. Esta señora rezadora es incapaz de faltar contra la castidad en los más mínimo, pero maltrata a su empleada, y no ve en ello nada de malo; ve en ello, más bien, una muestra noble de energía y autoridad.

Influye también mucho el ambiente, y también, por supuesto, el mismo medio eclesial concreto. Faltas, por ejemplo, contra la abstinencia penitencial que son muy tenidas en cuenta en tal época o Iglesia particular, en otro tiempo y lugar apenas se consideran. Se dan, pues, en esto errores de época, graves errores colectivos, de los cuales, por supuesto, no se libran los cristianos carnales de nuestro tiempo. Tantos de ellos, por ejemplo, no consideran pecado mortal la inasistencia a la Misa dominical durante años. Su conciencia está deformada, quizá a causa de predicaciones falsas.

3.–A todo pecado, sea mortal o venial, hay que dar mucha importancia. El dolor por la culpa ha de ser siempre máximo, y en este sentido no tiene mayor interés llegar a saber si tal pecado fue mortal o venial, venial leve o grave. Por lo demás, insistimos en que un pecado, aunque no sea mortal, puede ser muy grave. En pecados, por ejemplo, contra la caridad al prójimo, desde una antipatía apenas consentida, pasando por murmuraciones y juicios temerarios, hasta llegar al insulto, a la calumnia o al homicidio, hay una escala muy amplia, en la que no se puede señalar fácilmente cuándo un pecado deja de ser venial para hacerse mortal.

4.–EI pecado de los cristianos tiene una gravedad especial. «Si pecamos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad» ¿qué castigo mereceremos? Si era condenado a muerte el que violaba la ley de Moisés, «¿de qué castigo más severo pensáis que será juzgado digno el que haya pisoteado al Hijo de Dios, y haya profanado la sangre de su Alianza, en la que fue santificado, y haya ultrajado al Espíritu de la gracia?» (Heb 10,26. 29). A éstos «más les valía no haber conocido el camino de la justificación, que, después de haberlo conocido, echarse atrás del santo mandamiento que se les ha transmitido. Les ha pasado lo del acertado proverbio: “El perro ha vuelto a su propio vómito”, y “el cerdo, recién lavado, se revuelca en el lodo”» (2Pe 2,21-22).

5.–El cristiano que habitualmente vive en gracia de Dios, en la duda, debe presumir que su pecado no fue mortal. Y la presunción será tanto más firme cuanto más intensa y firme sea su vida espiritual. Recordemos que gracia, virtudes y dones son hábitos sobrenaturales infundidos por Dios en el hombre. Y el hábito es «qualitas difficile mobilis»: implica permanencia y estabilidad, como dice Santo Tomás (STh I-II, 49,2 ad 3m). La gracia da al hombre una habitual inclinación al bien, así como una habitual tendencia a evitar el pecado (De veritate 24,13). Por eso tanto la vida en pecado como la vida en gracia poseen estabilidad, y la persona no pasa de un estado al otro con facilidad y frecuencia. Por eso aquellos buenos cristianos que con excesiva facilidad piensan que tal pecado suyo fue mortal suelen estar equivocados, quizá porque recibieron una mala formación o porque son escrupulosos. Estiman que puede perderse la gracia de Dios como quien pierde un paraguas, por puro olvido o despiste.

Tengamos en cuenta ante todo que cuando el Señor agarra al hombre fuertemente por su gracia, no consiente tan fácilmente que por el pecado mortal se le escape. Viviendo normalmente en gracia, caminamos fuertemente tomados de la mano de Dios. Y como dice Jesús, «lo que me dio mi Padre es mejor que todo, y nadie podrá arrancar nada de la mano de mi Padre» (Jn 10,29). Y San Pablo: «¿Quién podrá arrancarnos al amor de Cristo?… [Nada] podrá arrancarnos al amor de Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rm 8,35.39).

–No conviene cavilar en exceso tratando de evaluar exactamente la gravedad de un pecado. Lo que hay que hacer es arrepentirse de él con todo el corazón. Y aunque el pecado fuere pequeño, sea muy grande el arrepentimiento.

Los que atormentan su alma intentando evaluar su culpa, dándole vueltas y más vueltas, no sacan nada en limpio. Muchas veces son escrupulosos. Imaginemos que un niño, desobedeciendo a su madre, ha dado un portazo –por prisa, por enfado, por negligencia, por lo que sea–. Triste sería que luego el niño, encogido en un rincón, se viera corroído por interminables dudas: «¿Fue un portazo muy fuerte?… No tanto. ¿Quizá trato de quitarme culpa? Muy suave no fue, ciertamente. ¿Pero hasta qué punto me di cuenta de lo que hacía?» etc. … Poco tiene eso que ver con la sencillez de los hijos de Dios, que viven apoyados siempre en el amor del «Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo» (2Cor 1,3). En no pocos casos, estas cavilaciones morbosas proceden en el fondo de un insano deseo de controlar humanamente la vida de la gracia y cada una de sus vicisitudes. Pero muchas veces la evaluación del pecado concreto es moralmente imposible: «Ni a mí mismo me juzgo –decía San Pablo–. Quien me juzga es el Señor» (1Cor 4,3-4).

* * *

–Pecados de omisión. Todos los días pedimos al Señor en la Misa que perdone nuestros pecados de «pensamiento, palabra, obra u omisión». Estos pecados de omisión pueden ser muy graves: vivir habitualmente desvinculado de la santa Misa, ignorar más o menos conscientemente la situación de un familiar que necesita una ayuda con urgencia, no prestar suficiente atención de amor al cónyuge, centrándose durante los tiempos libres en alguna de las tantísimas aficiones que pueden cautivar a la persona; etc. Muchas veces los pecados de omisión van unidos a pecados de obra. En todo caso, al ser omisiones, con frecuencia no son advertidos por la conciencia, que capta con más facilidad los pecados de obra positiva.

Cristo señala y reprueba en varias ocasiones pecados que son de omisión. Condena la higuera infructuosa (Mc 11,12-14, 20-21). Las vírgenes imprudentes de la parábola no se ven privadas del banquete por pecado de comisión, sino de omisión (Mt 25,11-13). Igualmente es castigado el siervo que no empleó debidamente su talento (Mt 25, 27-29). En el Juicio final el Señor castiga por los muchos bienes que, pudiendo hacerlos, no fueron hechos (Mt 25, 41-46). El rico de la parábola es condenado no por haber causado algún mal al pobre Lázaro, sino por haberlo ignorado, teniéndolo en la misma puerta de su casa, sin prestarle nunca ayuda (Lc 16,19-3 l). La omisión de aquellas buenas obras debidas en justicia o en caridad, que son posibles, ciertamente constituyen un pecado, un pecado de omisión. Esta verdad nos lleva a reafirmar otra verdad fundamental que le precede.

* * *

–Las buenas obras son necesarias para la salvación. Dice Jesús: «Sed perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial» (Mt 5,48). «En esto será glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto, y así seréis discípulos míos» (Jn 15,8). Nosotros,  pues, como hijos de Dios, hemos de «andar de una manera digna del Señor, procurando serle gratos en todo, dando frutos de toda obra buena» (Col 1,10). Por lo demás, al final de los tiempos vendrá el Señor «para dar a cada uno según sus obras» (Ap 22,12; cf. Mt 25,19-46; Rm 14,10-12; 2Cor 5,10). Y entonces «saldrán los que han obrado el bien para la resurrección de vida, y los que han obrado el mal para la resurrección de condena» (Jn 5,29).

El cristiano está destinado a la perfección, y exige obras la perfección (per-fectus, de per-facere). En efecto, «la operación es el fin de las cosas creadas» (STh I,105,5), pues las potencias se perfeccionan actualizándose en sus obras propias. Por eso los cristianos, cooperando con la acción de la gracia divina –que es la que actúa en la persona «el querer y el obrar» (Flp 2,13)–, alcanzamos la perfección actuando las virtudes y dones en sus propias obras. Es fácil de entenderlo: si no nos ejercitáramos en las obras buenas, resistiríamos la gracia de Dios, pues Él quiere fecundar nuestra libertad dándole una operosidad abundante, de modo que por ella lleguemos nosotros a la perfección, y al mismo tiempo ocasionemos la de otros. «Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, para que viendo vuestras buenas obras glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos» (Mt 5,16).     

Advirtamos, en todo caso, que cuando hablamos de obras nos referimos igualmente a las obras externas, que tienen expresión física, como a la realización de obras internas, de condición predominantemente espiritual –como, por ejemplo, orar, perdonar una ofensa, renunciar a una reclamación justa, acordarse de Dios al paso de las horas, etc.–.

El peligro de tener muchas palabras, y pocas obras siempre ha sido denunciado por los maestros espirituales, comenzando por los mismos Apóstoles. San Pedro nos dice que Jesús «pasó haciendo el bien» (Hch 10,38). Y San Pablo: «Dios no reina cuando se habla, sino cuando se actúa» (1 Cor 4,20). Y San Juan: «No amemos de palabra ni de boca, sino con obras y de verdad» (1Jn 3,18). Los pecados de omisión van directamente en contra de esa operosidad benéfica, que no es sino docilidad a la gracia de Dios.

San Juan de la Cruz advierte que «para hallar a Dios de veras no basta sólo orar con el corazón y la lengua, sino que también, con eso, es menester obrar de su parte lo que es en sí. Muchos no querrían que les costase Dios más que hablar, y aun eso mal, y por El no quieren hacer casi nada que les cueste algo» (Cántico 3,2). Santa Teresa insiste siempre: «Vosotras, hijas, diciendo y haciendo, palabras y obras» (Camino Perf. 32,8). El amor que tenemos al Señor ha de ser «probado por obras» (3 Moradas 1,7; cf. Cuenta conc. 51). «Obras quiere el Señor» (5 Moradas 3,11). Y en la más alta perfección cristiana no queda el cristiano inerte y quieto, sino que, por el contrario, es entonces cuando florece en cuantiosas y preciosas obras buenas: «De esto sirve este matrimonio espiritual, de que nazcan siempre obras, obras» (7 Moradas 4,6). Y lo mismo dice Santa Teresa del Niño Jesús: «los más bellos pensamientos nada son sin las obras» (Manuscritos autobiog. X,5).

Así pues, la fe fiducial luterana, sin obras, es una fe muerta, sin caridad, pues si estuviera vivificada por la caridad, florecería necesariamente en obras buenas. No es, por tanto, una fe salvífica: «la fe, si no tiene obras, es de suyo muerta» (Sant 2,17).

La fe fiducial presuntamente salvífica es, pues, una caricatura de la fe viva cristiana, que es, bajo la acción de la gracia de Dios, «la fe operante por la caridad» (Gal 5,6) . En efecto, «no son justos ante Dios los que oyen la Ley, sino los que cumplen la Ley: ésos serán declarados justos» (Rm 2,13). Tampoco basta con clamar al Señor, abandonándose pasivamente a su misericordia, pues «no todo el que dice “¡Señor, Señor!” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos» (Mt 7,21).

Pues bien, el campo católico de trigo no está hoy libre de la cizaña luterana. Cuando un cristiano deja de ir a Misa, cuando la comunión frecuente no va acompañada de la confesión frecuente, cuando la absolución sacramental se imparte y se recibe sin esperanza real de conversión, como una imputación extrínseca de justicia, cuando tantos creyentes viven tranquilamente en el pecado mortal habitual –adulterio o lo que sea–, confiados a la misericordia de Dios, que es tan bueno, ¿no estamos con Lutero ante una vivencia fiducial de la fe? ¿No se da, aunque sea calladamente, una instalación pacífica en el simul peccator et iustus?

Por: José María Iraburu | Fuente: Catholic.net